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La existencia de una lengua romance en Al-Andalus se ha sabido desde siempre, pues en los propios textos andalusíes hay referencias a ella. Estas citas no suelen ser más que palabras sueltas y apodos de personajes, destacando aquella en la que el propio Abderramán III rimó la palabra árabe "qul" (del verbo decir) con el "cul(o)" romance.

 

El primer intento por reunir el léxico conservado partió del arabista holandés Reinhart Dozy en el S. XIX, al que siguió Francisco Javier Simonet con su magna obra Glosario de voces ibéricas y latinas usadas entre los mozárabes de 1888.

 

Cuando Simonet realizó esta obra, la filología no era una ciencia como tal. Al cordobés le bastaba el parecido fonético entre dos palabras para dar por hecho que estaban relacionadas. Además incuyó palabras romaces del árabe magrbí dando por hecho que venían de Al-Andalus (ignorando la influencia del francés y el castellano en el norte de África e, incluso, que pueden ser préstamos del antiguo romance africanoI)

 

Por si todo esto fuera poco, el nacionalismo de la época (y maurofobia para nada disimulada) pretendió pasar por una modalidad del castellano a la lengua de los andalusíes, creyendo que hubo una raza hispánica primordial que "sobrevivió" a la invasión árabe y que al ser los españoles de verdad eran cristianos y hablaban castellano. De hecho, la denominación de "lengua mozárabe" que incluso hoy se usa proviene de él. Irónicamente, no hay ni un sólo texto (que sepamos, algunos son anónimos) escrito por un mozárabe.

 

Años después, Menéndez Pidal profundizó en el conocimiento sobre la lengua romance andalusí en su célebre y fundamental Orígenes del español, aportando un estudio filológico más riguroso que el de sus predecesores. Aun así, todo lo que se podía saber hasta ese momento eran aspectos fonéticos y morfológicos proviniente del puñado de palabras que estaban documentadas.

 

El punto de inflexión llegó en 1948, año en el que el hebraísta Samuel Miklos Stern descubrió en una madrasa egipcia unos manuscritos hebreos en los que localizó texto en romance. En un primer monento también pensó que era castellano y como tal los publicó:

 

Les vers finaux en espagnol dans les muwasshas hispano-hébraiques: Une contribution à l'histoire du muwassahas et à l'etude du vieux dialecte espagnol "mozarabe" (Los versos finales en español en las moaxajas hispano-hebreas. Una contribución a la historia de las moaxajas y all estudio del viejo español "mozárabe").

 

Desde el primer momento se trató de poner en relación esta lírica con el resto de literatura romance, sin pensar siquiera que las jarchas pertenecieran sólo y exclusivamente al campo de la literatura árabe. Poco después, Emilio García Gómez descubrió otro grupo de jarchas, estas ya en textos árabes, y a su estudio se sumaron Klaus Heger y José María Solá-Solé. Álvaro Galmés de Fuentes, eminente filólogo y arabista, es el primer estudioso que trata de dar estructura al idioma y de especificar las diferencias dialectales.

 

Hasta entonces el estudio se ceñía al léxico, fonética y morfología. Aun así, será necesario algo más de tiempo y la llegada de Federico Corriente para tener la primera visión de una gramática romandalusí. Este eminente arabista (y académico de la RAE) dio un salto de gigante al conocimiento que tenemos actualmente del romandalusí. Su dominio del árabe hispánico ha sido capital, ya que no se puede conocer el romance sin entender la relación de ambos idiomas.